Midsommar: las recrudecidas desviaciones

POR: MAURICIO HERNÁNDEZ

06-09-2019 13:13:41

Midsommar


Las dificultades actuales que enfrenta el cine de terror ya son bien conocidas y han sido enunciadas muchas veces. Por ello, la emoción es exacerbada cuando aparece una película decente de este género, ya sea puro o que se mezcle con el thriller. Es el caso de Midsommar, película dirigida por Ari Aster, que previo a su estreno comercial se proyectó en el marco de Macabro, Festival Internacional del Cine de Horror de la Ciudad de México.

Esa emoción benefició a Ari Aster, director de El legado del diablo (Hereditary, 2018), cinta que sí, fue la más eficiente en su categoría durante su año de estreno al demostrar una potencia técnica sobresaliente y un gran manejo de la perturbación como mecanismo narrativo.


Aster había hecho el suficiente ruido -parece ser que ahora es lo más importante- para colocarse en el ojo público expectante por su siguiente largometraje: Midsommar, el cual, como su predecesora, tiene una terrible traducción para el mercado mexicano.


La cinta cuenta sobre un grupo de estudiantes universitarios privilegiados que, por invitación de uno de ellos, van a una celebración del solsticio de verano en una comunidad rural sueca. Dentro de ese grupo, nos enfocamos en Dani (sorprendente Florence Pugh), una chica temerosa y afectada por la reciente pérdida de su familia. Además, está en medio de una relación desgastada con Christian (contenido, más no necesariamente eficiente, Jack Reynor), quien quiere huir del compromiso pero siente obligación de quedarse.


Midsommar


Así como hiciera en su primer trabajo, Aster plantea a las penas propias desenvolviéndose en un conflicto mayor; es decir, se manifiestan al permear el resto del escenario. Desde la pesadez que le genera a su novio el tener que estar pendiente de sus problemas y el no ser invitada originalmente a la excursión, Dani agudiza sus penumbras que se expanden hacia el exterior y van metiéndola al desequilibrio mental.


Otro elemento que el director repite, no como vicio sino como base estilística, es la perturbación, siendo el instrumento narrativo más conciso de la cinta. No hay temor -afortunadamente- de mostrar cuerpos destrozados por una caída y posteriormente triturados por un martillo, caras deformadas o escenas de sexo extrañas. El argumento no es necesariamente terrorífico, sino incómodo. Se vuelve desagradable verlo sin dejar de ser extrañamente cautivador. Incluso hay tonos cómicos rara y auténticamente divertidos que son producto de ese mismo malestar. Es por esto que no considero que Midsommar sea un filme de terror necesariamente, pues su integración con el psicothriller es evidente. Quizás en momentos se abusa de tanto shock, pero eso depende de la sensibilidad individual.


Ahora, uno de los peores defectos con los que puede cargar una cinta así es la falta de lógica interna. Por mucho que quiera sumergirse un argumento en su propia diégesis al argumentar razones de la psicología de las figuras, hay cosas que simplemente no tienen mucho sentido. ¿Por qué se quedan en la aldea si expresamente dicen estar incómodos, aterrorizados y claramente se trata de una secta? Sí, parte de la ilusión cinematográfica suele involucrar la omisión de detalles como estos y, de hecho, en el caso de dos personajes esta situación sí se aclara, pero es complicado ignorarlo con todos, exceptuando claro a la protagonista y su mal novio.


Midsommar


La falta -a mi parecer, claro está- de congruencia en la trama es recubierta con una dorada envoltura: la realización. Todo lo que refiere a aspectos formales como dirección y trazo fotográfico es por demás impecable. Cada movimiento, cada emplazamiento e indicación directorial es excelente. Las maravillosas formalidades sumadas a la perturbación como mecanismo narrativo convierten a esta película en una gran expresión tremendista de lo más mórbido del comportamiento en la vida social.


El barullo que Midsommar generó como continuadora de un gran debut creó expectativas demasiado altas, pero no tiene nada de malo que una segunda obra no sea tan provechosa como la primera en una carrera tan nueva. En tanto siga imponiendo sus visiones, Ari Aster tiene las condiciones para seguir desarrollando una estilística propia llena de virtud discursiva y oficio fílmico, dos condiciones cada vez más anómalas en el panorama del entretenimiento contemporáneo.


 



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