Avó: una historia sobrenatural muy terrenal

POR: ORIANNA PAZ EN BRASIL

20-06-2016 11:31:21


La naturaleza, el verde de los árboles, el rocío, la bruma, el bosque que lo envuelve todo, la tierra y sus raíces, esas mismas que aprisionan, a veces por amor y otras por obligación. El campo, la vida rural, las manos llenas de cayos y lo que los cayos cuentan, el trabajo duro, el mundo de los mayores y el universo de los jóvenes, los sentimientos y la imposibilidad de demostrarlos. Así es Avó, segundo largometraje del realizador vasco Asier Altuna, quien nos ofrece un poema visual, un deleite para los sentidos en esta pieza de arte donde la fotografía se lleva el papel protagónico.


Envuelta en un ambiente sobrenatural e incluso fantástico y misterioso, la imagen conquista desde las primeras escenas en las que figura un hombre atravesando el bosque con una anciana a cuestas, sobre la espalda. Es un hombre desesperado en una situación límite que le ahoga, y, de repente, algo o alguien lo detiene en su frenética carrera; es una cuerda que lo aprisiona, que lo jala y obliga a retroceder, una metáfora acerca de lo que significa el “caserío”, porque según reza la película “el caserío no se comparte ni se divide” y si eres el hijo que lo hereda “debes hacerte cargo y los demás deberán buscarse la vida”.


La España rural es retratada aquí por Altuna en su máxima expresión: esos pueblos perdidos en las montañas que parecen haberse congelado en el tiempo, con pocos habitantes, la mayoría de ellos ancianos que aún se dedican a trabajar la tierra y cuidar de sus granjas porque sus hijos han huido a las grandes ciudades en busca de una vida que se ajuste a sus deseos y necesidades más allá de criar ovejas y arar la tierra.



Y es justamente ese el conflicto que plantea Avó, la difícil y ríspida relación entre Amaia, interpretada por la actriz vasca Iraia Elías, nominada al Goya como Mejor Actriz Revelación, y su padre, Tomás (Kandido Uranga), un hombre osco, rígido y muy conservador, para quien la tierra y el “caserío” lo son todo, incluso más que su propia familia, que se desmorona paso a paso.


El personaje de Amama cobra fuerza gracias a la notable interpretación de Amparo Badiola, quien da vida, sin siquiera un diálogo, a la abuela y pilar de la familia, que se presenta aquí como un símbolo de pertenencia, de arraigo, como si se tratase de la raíz de esa familia, la que define incluso cómo será el carácter de sus nietos y la que, de algún modo los ha estigmatizado para el resto de sus vidas, clasificándolos cual hechicera en: árbol rojo (aquel que será el heredero del “caserío”, el que es decidido y responsable), árbol blanco (aquel que será flojo y vago) y árbol negro (la que será mala, es decir, Amaia).


La historia se sostiene en este tipo de simbolismos y cuestiones oníricas relacionadas con la naturaleza y el ciclo propio de la vida, sin embargo, los personajes carecen de profundidad, lo que el espectador no logre conectarse tanto con la trama como lo hace con la estética que es simplemente hermosa.



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