CINEANDO EN LA URBE - El Cine Río

POR: SAÚL ROSAS

14-10-2021 15:22:38

Cineando en la Urbe - El Cine Río


“Te van a salir perrillas por andar viendo lo que no"... Decreto materno que jamás se cumplió


¿Alguna vez han caminado por el centro de la Ciudad de México, disfrutando plenamente de las calles, de la gente y de la atmósfera de la urbe más poblada del planeta tierra?

Fue hace unos días cuando me di ese gusto olvidado por no sé qué tantas estupideces mundanas. El caso es que estaba en plena calle de República de Cuba esquina con Palma (y no cinco pa que no me saliera pelo en la mano), admirando los edificios coloniales mezclados con otros de mitad del siglo pasado cuando de pronto me topé con una vieja marquesina que a todas luces la gente ignoraba, y no porque ésta no fuera llamativa sino porque a fuerza de la costumbre se ha vuelto cotidiana para los que día con día se parten el alma por la papa por aquellos lares de Dios. 


"CINE RÍO", dice en aquél escaparate y bajando la vista se nota aún el pudor de la urbe por las imágenes que dentro de la sala proyectan. Ese pudor se tranforma en cartulinas con anuncios de las películas porno que ahí exhiben. Con los mejores estrenos del cine xxx que ruedan por el mundo a veces sin que nadie los pele. Más allá, en un como rincón olvidado se ve la taquilla con sendas aclaraciones de "sólo para mayores de 18 años" y los precios que no pasan de los 30 pesos. 


Sonreí porque tenía más de 20 años de no ver una película porno en pantalla grande; más de dos décadas de no ver pelos y chichis en una superficie de por lo menos cinco por cuatro metros. Más de dos décadas de no entrar a una sala que huele a todo menos a palomitas y refresco y cuya textura de asientos te invita, desde la oscuridad a adivinar de qué está manchado.


Porque eso sí, nunca, pero nunca en la vida entrarás, por lo menos en este país, a un cine porno cuando las luces estén encendidas. Todo lo que ahí pasa se da en la clandestinidad de las sombras. Porque la sexualidad aunque sea vista en el cine es todavía parte del pecado, es parte del tabú cotidiano.


¡Santo Dios y sus discípulos! ¡Cómo entrar a ver pitos y vaginas de tamaño regio en una pantallota!


¡te van a salir perrillas si sigues viendo lo que no! decían las mamases de antes cuando por la calle veíamos a dos perritos fornicar con gran irreverencia a media acera fuera de las escuelas primarias o donde la calentura les hubiera agarrado a los pobres animalitos.


A uno como que se le iban las pupílas namás de ver el metele y sácale del perritto aquel con esa cosa rosa medio rara que en vez de excitar al mocoso nomás lo espantaba porque al llegar a casa e ir al baño se miraba lo que Dios le había dado y se daba cuenta que ni a la mitad del tamaño del perro le llegaba. Oh, decepción y espanto porque qué era todo aquello.


Con los años y los cuates uno se fue educando sexualmente de oídas y de vistas en revistas gringas porque, digo en los 70 del siglo pasado sólo veías mujeres desnudas y revistas porno si un cuate las conseguía del otro laredo. Las revistas nacionales nomás senos enseñaban. Buaj!


En fin que, ahí orgulloso ante el paso de los años sigue el CINE RIO, maleducando a los chavales que, por una corta sobornan al taquillero para dejarlos ver en máximo tamaño aquellito que nomás les moja el sueño. 


Observé la entrada, la taquilla, llevé mis manos a los bolsillos y cumplía con la cuota establecida. Vamos, hasta para un refresco me alcanzaba. Subí un escalón ante la mirada indiferente del boletero y de aquel que te lo corta en la entrada (el boleto, claro) y de pronto me dio miedo.


Me culié, como decíamos antes, le saqué al parche y hasta me puse rojo cuando me detuve y sentí las miradas obsenas de los que trabajan en el cine, o al menos eso me pareció. Todavía el muy cabrón de la entrada me dijo:


- Que ¿no va a entrar joven? Son de estreno con unas viejas europeas.


Ni le contesté. Sólo dí media vuelta y me alejé todo apenado, como si el no entrar a ver una película porno fuera un pecado capital. Era como la contradicción entre el deseo y la curiosidad y mi imagen pública o de gente decente. ¡Qué!


No mames, pensé. Volví sobre mis pasos con decisión, con la mirada fija y llena de un solo objetivo. Tomé aire y me pasé de largo hacia un puesto de tacos de hígado encebollado y moronga y con toda la pena del mundo me zampé dos de cada uno al fin y al cabo tenía más de cinco años de no probarlos y pensé. Total para porno en el video club pero eso no alivió mi cobardía ni me libró del recuerdo de ver pelos en pantalla grande


¡Carajo!



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