La Llorona. Leyendas aterradoras deconstruidas

POR: JAVIER QUINTANAR POLANCO

07-08-2021 15:48:08

La Llorona de Jayro Bustamante


Con el estreno en 2015 de Ixcanul, el guatemalteco Jayro Bustamante no sólo lanzó su primer largometraje, sino también el primer capítulo de un tríptico cinematográfico cuyo eje temático parte de los tres agravios más denigrantes empleados frecuentemente en su país natal: “indio” (para señalar con rechazo al integrante de una comunidad originaria); “hueco” (empleado para denigrar a los homosexuales); y “comunista” (para descalificar a cualquiera involucrado en la lucha por los derechos y la libertad humanas).

Dicho tríptico de películas conocido como la trilogía del desprecio, fue concluida casi un lustro después con Temblores y La Llorona, ambas aparecidas en 2019, siendo ésta última la encargada de cerrarlo.


Para este tercer y último capítulo, Bustamante se inspira en hechos reales ocurridos en su país en 2013, cuando el militar y político guatemalteco Efraín Ríos Montt, acusado de diversas acciones genocidas cometidas durante su régimen dictatorial, es primero sentenciado y condenado a 80 años de prisión, pero dicha sentencia es insólitamente anulada por la corte meses más tarde.


Dichos hechos son empleados por el director, quien para abordar este tema decide cambiar la tónica empleada en sus filmes previos, y estructurar el relato desde los terrenos del cine fantástico y de terror, fusionando los elementos generales del hechoreal con otros emanados de uno de los más conocidos mitos provenientes de la tradición latinoamericana: La Llorona.


De dicha fusión surge una muy lograda fábula oscura la cual traslada la leyenda ancestral a la época actual, y cuya historia inicia en el momento en que el general Enrique Monteverde (émulo de Ríos Montt interpretado por el actor Julio Díaz), está siendo sujeto a proceso penal, señalado como responsable de un genocidio perpetrado contra una comunidad rural maya años atrás. Aunque las pruebas en su contra y los testimonios de múltiples testigos son contundentes, y el fallo inicial de la corte lo señala como culpable, absurdamente el procedimiento es anulado por un mero tecnicismo, ocasionando que la sentencia quede sin efecto y el general sea liberado.


Enfurecidas por el injusto resultado del juicio, una turba de personas (entre las que se encuentran víctimas directas e indirectas de las atrocidades de Monteverde), deciden acampar alrededor de la residencia del militar retirado, obligándolo a él y a su familia a enclaustrarse en la misma. Día y noche, la enardecida muchedumbre gritan consignas e insultos, y arrojan piedras y otros objetos al interior de la mansión.


 



Ante esa claustrofóbica y estresante situación, el general y su familia en principio intentan actuar con indiferencia. Pero conforme los días pasan, se vuelve más difícil para ellos fingir que no pasa nada y la tensión va en aumento. Para empeorar la situación, por las noches Monteverde empieza a escuchar (primero como murmullos, después con más claridad) los lamentos de una mujer, los cuales le perturban y, al parecer, solo él puede oír. Ello empieza a afectar su cordura -ya de por si frágil a consecuencia de su avanzada edad- y a crispar los nervios de los habitantes de la casa.


Es entonces cuando entra en escena Alma (María Mercedes Coroy), una taciturna joven indígena de largo cabello oscuro quien, en principio, llega al atribulado hogar del general a auxiliarlos con las labores domésticas. Y aunque la joven se desempeña con diligencia en su trabajo e incluso traba amistad con la nieta de Monteverde, hay algo extraño en su callada actitud y enigmática mirada, como si ocultara algo, o supiera algo que los demás no.


En La Llorona, su director hace uso de recursos visuales y sonoros propios del cine de terror (particularmente, algunos provenientes del J-Horror, y cuyos fans de este último reconocerán al instante), pero lo hace de manera mucho más eficaz que otros realizadores, quienes solo los emplean para rutinarios jump scares, buscando únicamente el susto fácil. 


Bustamante desgrana e incorpora esos elementos propios del género dentro de una versión deconstruida del mito de La Llorona, la cual es empleada para comentar – en tono de denuncia- otros horrores, esos que (tristemente) ocurren con frecuencia en regímenes represores o totalitarios en donde, abusando del poder, con toda prepotencia y amparados por la impunidad; se cometen monstruosidades inauditas e imperdonables en contra de sus opositores, y los responsables posteriormente logran eludir la justicia y el castigo por sus acciones. 


La Llorona película


Asimismo, y para potenciar el conflicto de su trama, Jayro concibe dentro de su narrativa, dos fuerzas antagónicas perfectamente discernibles: por un lado,el general y sus allegados en su mayoría hombres mayores; quienes son personajes oscuros, corrompidos, recalcitrantemente evangélicos, claramente racistas y machistas, y los cuales se solapan entre ellos. 


Por otro lado, existen varios personajes femeninos de diversas edades –la mayoría de ellos emparentados con Monteverde-, quienes se cuestionan (o comienzan a cuestionarse) las acciones pasadas del general y a empatizar cada vez más con las víctimas. Entre estos personajes comienza a surgir una consciencia, y la presencia de Alma (y del espectro que da nombre a la cinta) hace que también, desde una raíz sobrenatural, surja entre las protagonistas una muy particular sororidad que las lleva incluso a reconocerse a ellas mismas como víctimas de los actos del militar.


Finalmente, y de modo metafórico, La Llorona subraya que, aunque estos personajes puedan burlar las leyes terrenales, no podrán jamás engañarse a sí mismos, y sus actos deleznables –y las voces de sus víctimas- surgirán desde los oscuros rincones de su mente y de sus recuerdos, para acosarlos y atormentarlos hasta el fin de sus días. Sostiene además que tampoco podrán engañar a sus seres cercanos, quienes deberán hacer sus propios análisis de conciencia y emitir sus juicios (y sentencias) conforme a lo dictado por ella. Y sobre todo, que no podrán escapar a un implacable juicio superior: el de la memoria histórica, el cual todo lo pone en su justo lugar, y que no olvida -ni perdona- jamás.



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