Luz, la flor del mal, un folk horror visualmente poderoso

POR: ISRAEL YERENA

20-10-2020 23:32:51

Luz, la flor del mal


Películas como Midsommar (2019) o El ritual (2017) han permitido que el folk horror llegue a más fanáticos del cine de terror en la actualidad, algo que se agradece tomando en cuenta que se trataba de un subgénero casi olvidado en los últimos años. Ahora, el cineasta colombiano Juan Diego Escobar hace su debut adentrándose en estos terrenos con la película Luz, la flor del mal (2019).

Una comunidad escondida en las montañas se rige bajo las estrictas reglas de su pastor espiritual, un hombre obsesionado con la idea de la pronta llegada de Dios a sus tierras. El fervor de este hombre llegará al límite cuando, tras el nacimiento de un niño con un alma pura, someta a sus fieles y a sus propias hijas a situaciones extremas.


Luz, la flor del mal, es una película con una excelente propuesta pero con diversos y severos errores. Y aunque su maravillosa producción minimiza sus fallas, desgraciadamente son más estas últimas que sus aciertos.


En cuanto a sus logros, no cabe duda que el mejor son sus locaciones, pues éstas constan de hermosos prados, verdes pastos, increíbles cascadas y alucinantes cielos estrellados y azules. Todo esto se traduce en un escenario 100% perteneciente al folk horror; aunque por otro lado, es sumamente notorio el uso de efectos especiales que terminan por embriagar la vista con colores chillantes.


Luz, la flor del mal


Otro acierto es su trama, aunque por desgracia queda en un mero intento de provocar miedo. Esto se debe a que, si bien la idea de una comunidad atormentada por un fanático religioso es interesante y atractiva, la sobreactuación de la mayoría de los personajes termina por diluir cualquier sentimiento de terror que se pudiera tener.


Además, tomando en cuenta que uno de los principales elementos del folk horror es contraponer la belleza de sus paisajes con el sadismo de sus escenas sangrientas, en este caso Luz, la flor del mal, presenta muy poco gore para el enorme potencial que tenía; después de todo, la violencia y la religión son dos recursos que se pueden explotar muy bien en el cine de género.


Todo lo anterior, sumado a las casi dos horas de metraje, provoca que la mayor (y casi única) fortaleza de esta película se limite a lo visual, pues aunque su argumento no es pobre, desaprovecha magistralmente el combustible que tenía para convertirse en una gran fogata del folk horror latinoamericano.



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