Chicuarotes: un mosaico barrial

POR: MAURICIO HERNÁNDEZ

05-07-2019 15:30:58

Chicuarotes un mosaico barrial


Gael García Bernal es el actual muchacho -bueno, algo así- de oro del cine nacional. Con una trayectoria actoral que ya es reconocida alrededor del globo, ya ha incursionado en otros aspectos de la vida pública como el activismo, pero nunca ha dejado de lado la pantalla. Chicuarotes, idea y trabajo que tardó más de 10 años en concretarse, es su segunda incursión en la dirección cinematográfica, pues ya había experimentado con Déficit (2007).

“Chicuarote” es el gentilicio para los habitantes de San Gregorio Atlapulco, Xochimilco. Ahí viven El Cagalera (Benny Emmanuel) y El Moloteco (Gabriel Carbajal), dos jóvenes que anhelan escapar de las carencias que padecen. Para ello, tienen una rutina de payasos de microbús cuando están de buenas; cuando no, recurren al asalto. Eso no les da cambios sustanciales en su vida, hasta que, por obra de la casualidad, se enteran de la posibilidad de comprar una plaza en la compañía de luz que podría resolverles la vida. Desde ahí, la cinta elabora su proceso para conseguir el dinero, sin importar qué. O bueno, se supone que esa era la idea.


Desde el inicio es evidente la intención de mostrar las condiciones de inequidad que existen en la inmensidad de la Ciudad de México, haciendo hincapié en los estratos socioeconómicos bajos, espectro donde ocurre el relato. De hecho, eso se consigue y con un punto muy importante: haciéndolo sin una mirada condescendiente. En muchos productos audiovisuales se mira a los pobres como almas en pena aún con vida y sus historias llaman a estrujar las emociones del espectador para no sentir otra cosa que lástima por las figuras (véase desde La rosa de Guadalupe hasta la pornomísera Cafarnaúm), una óptica siempre deleznable.


En su franqueza para el retrato, Chicuarotes evita el vicio de la pornomiseria y, de hecho, otorga postales más o menos fieles de los barrios populares -siendo ésta la mayor virtud-, sitios pintorescos por sus interacciones y escenarios. Digo “más o menos fieles” porque sí hay algunos elementos que caen en la exageración como el uso desbordado del lenguaje coloquial o los apodos rebuscados, primer elemento que mencionaremos como un declarado agradecimiento a Los olvidados (Luis Buñuel, 1950) y no otra cosa.


El panorama ofrecido de la colonia popular se inserta en el argumento, pero con situaciones anecdóticas: el ligue puberto entre la hermana de Cagalera y un tipo de por ahí, el descubrimiento de la sexualidad de un familiar, un atraco fallido que termina en la implícita violación del “fresa” del barrio por parte de unas policías excompañeras. Es decir, se liberan muchas situaciones que no devienen en nada más que una anécdota, siendo estas carencias narrativas el mayor desatino de la cinta.


La experiencia actoral del director se nota en el manejo de su elenco, pues sus diálogos e intercambios se perciben fluidos y naturales en casi todas las oportunidades, salvo algunas que rayan en lo telenovelesco -ese monólogo de El carnicero en el lago, bien pudo ser parte de una charla motivacional o de algún segmento televisivo. 


Chicuarotes Gael Garcia Bernal


De hecho, la mejor transformación de un personaje, el de la madre (Dolores Heredia), igualmente se apoya en la gran dirección histriónica que hubo. Siendo algo común en cualquier clase social, la violencia doméstica forma parte de este mosaico de circunstancias barriales. Tras sufrir de abusos terribles por su pareja y teniendo como detonante una agresión a su hijo, La Tonchi (Heredia) decide liberarse del yugo al envenenar a su pareja en una secuencia que bien puede formar parte de una tragedia grandilocuente o, dependiendo de la óptica -y de nuevo-, de una telenovela.


En lo que el propio realizador llamó como una exposición de “narrativas heredadas”, es decir, algo así como un destino predeterminado, Chicuarotes luce más como una ligera -en tono y contenido- muestra de lo que padecen los desfavorecidos -aún virtuosa en diseño fotográfico y de producción- a una verdadera historia al respecto.


La oportunidad de tomar riesgos como agregar algo de crudeza de sus inspiraciones fílmicas como Los olvidados oCanoa (Cazals, 1975), fueron omitidas por un desarrollo común sobre la carencia en México y una serie de aleatoriedades que realmente no agregaron nada más que un momento chusco.


Pero bueno, le aplaudieron en Cannes...



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