Atrás hay relámpagos: la pintoresca transitoriedad

POR: MAURICIO HERNÁNDEZ

20-02-2019 14:13:24

Atras hay relampagos


¿Alguna vez se han preguntado por qué ustedes… son ustedes? Es decir, no sólo en cuanto a su persona, sino su alrededor: el lugar en donde nacieron, la gente que los rodea, el idioma que hablan, entre otras cosas; la identidad no sólo es sangre, también es contexto. Identidad, la búsqueda incesante de la juventud.

Atrás hay relámpagos, sexto largometraje de Julio Hernández Cordón -director de la considerablemente exitosa Te prometo anarquía (2015)-, vuelve a abordar a los jóvenes como almas inestables e impetuosas, matiz ahora encarnado en las protagonistas Ana (Natalia Arias) y Sole (Adriana Álvarez), dos amigas que en una soleada tarde encuentran un cadáver en un auto que desean convertir en un taxi. Lo manipulan y se hace un relajillo. Desde ahí se elaboran los múltiples hilos que incluyen la mini-investigación policiaca, la deambulación por San José y un careo con la familia del occiso, quien resulta ser nicaragüense.


Así como son las patinetas en Te prometo anarquía, aquí son bicicletas que sirven como vehículo para el movimiento físico y espiritual, pues la ilusión de la libertad es importante para el discurso de la película, representado en largos planos que capturan a los personajes distraídos en su desplazamiento y en la alegría momentánea que trae el pedaleo.


A veces vemos a toda la pandilla en un general, otras sus expresiones en un acercamiento, pero estas secuencias -que forman buena parte del largometraje- expresan la inestabilidad propia de la juventud que se combina con la independencia momentánea de adueñarse brevemente del asfalto.


La clase y su lamentablemente eterna amalgama con la etnia son otro de los hilos de la cinta, pues, si bien, Sole pertenece a un sector más acomodado de la pirámide y logra desvanecer esa diferencia con sus amigos menos privilegiados, en una escena donde ambas chicas manifiestan su punto de vista -cada quien con una bolita diferente- sobre lo ocurrido con el hallazgo del cadáver, ella expresa que siente que hay cierto recelo contra ella por su posición favorecida y que, por ello, su amiga la juzgó durante el pequeñísimo proceso contra ella.


atras hay relampagos


A pesar del planteamiento aparente de los personajes, hay que decirlo, la distancia entre sus esferas no es tan amplia como para que haga gran diferencia o haya posibilidad de establecerla como un núcleo subtextual sólido.


También, se elabora en cuestión de una escena un pequeño comentario sobre las disputas entre nicaragüenses y costarricenses que involucra un asunto migratorio cuando el grupo llega a la casa del fallecido y empiezan a poner flores formando la bandera de Costa Rica como ofrenda de buena voluntad -digo, ¿por qué no?-, lo que molesta a uno de los habitantes de ese sitio, casi desatando un pleito.


En tantos núcleos pretendidos y ninguno tomado como principal, pues, como señalé previamente, la mayor parte del filme se avoca en tomar a los chicos siendo espontáneamente juveniles, así como se ve en la primera escena de rodada colectiva, donde agarran unos focos que se encuentran por ahí y se las ponen alrededor del cuerpo y la bici porque… porque sí -o ¿por qué no?-.



Es decir, la cinta luce más concentrada en mostrar momentos de la improvisación en la vida con postales coloridas y ciertamente agradables, pero sumidas en una trama condescendiente y dispersa.


Hacia el final se da el mecanismo más interesante, elaborado para completar la circularidad narrativa en una manifestación de la predestinación en el futuro de las protagonistas.


No lineal desde su concepción, descuidada en su progreso y sostenida por el brillo de las actrices principales, Atrás hay relámpagos es una peculiar exposición de la juventud en una faceta forzadamente aleatoria, que junta cuadros e instantes… vivaces, pero sin mayor sustancia, quedando únicamente como pretensiones interesantes.



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