El vigilante: La aceptación de la violencia entre las sombras

POR: ULISES CASTAÑEDA

11-11-2016 01:01:15


La edición 14 del Festival Internacional de Cine de Morelia presentó por primera vez en su historia una competencia mexicana de 15 filmes. Todas, propuestas que van de la comedia al cine de géneros como terror y horror; sin embargo, una tendencia que tuvo fue los distintos imaginarios de los cineastas en torno a la violencia en el país y que al final el tema se impuso en el palmarés de este año.


La cinta ganadora del Ojo al Mejor Largometraje de Ficción fue para la cinta El vigilante, ópera prima de Diego Ros, que presentó una película de drama en la cual a través de la historia de un vigilante se reflexiona sobre lo malvado en diferentes puntos, desde el lugar como una condicionante de supervivencia, pasando por lo familiar e íntimo, hasta una reflexión introspectiva sobre el lado maligno de cualquier persona.


El filme aborda la historia de Salvador, un hombre que trabaja en las noches como vigilante de una obra en construcción a las afueras de la Ciudad de México. Interpretado de forma aceptable por el actor Leonardo Alonso. La vida le juega una broma muy pesada al personaje, o al menos así lo presenta el realizador mexicano al mostrarnos la historia de una mala jornada de trabajo que, en principio, sería inolvidable porque era la misma en la que nacería su hijo; sin embargo, el trabajo se complica y comienzan a ocurrir una serie de situaciones que son reflejo de un entorno de violencia en el país, a partir de que dos sujetos abandonan una camioneta frente a la obra y un cuerpo es encontrado al día siguiente.


Siendo el único testigo, Salvador se convierte en el centro de atención y conflicto entre distintos miembros del centro de trabajo. Y eso sólo sería el comienzo, de una serie de situaciones que por momentos parecen más embarazosas, debido al tono de humor negro que permanece en toda la cinta.


Algunas de ellas entran en la película de manera forzada pero no pierden la intención de mostrarnos en ese microcosmos, que es un edificio en construcción, una reflexión sobre lo complicado que es no perder la humanidad en una sociedad cada vez más contagiada de los males sociales y perversos.



Visualmente es una película que no tiene pierde. El trabajo de cámara de Galo Olivares en colaboración con el cineasta es virtuoso pues así como en la música es importante el manejo de los silencios, en el cine el trabajo de la iluminación es la parte medular de una propuesta visual y en ese sentido los realizadores juegan perfectamente con el abanico de colores que les permite la noche y la iluminación de lámparas y crear formas con sombras para aumentar el impacto del argumento, que aunque sencillo y forzado, deja unas instantáneas impresionantes.


Como primera película Ros hace un admirable ejercicio de atmósferas pero queda a deber en el suspenso; matizada de humor negro y pinceladas de la influencia que tiene del expresionismo alemán, aunque también deja muchas dudas en cuanto a la historia y, a mi parecer, como director carece de virtudes para sostener el ritmo.


Si bien el filme puede llegar a tener un planteamiento logrado, lo que resulta incómodo es el discurso de la aceptación de la violencia como algo natural. El protagonista del filme parece no inmutarse, no impactarse, no preocuparse, ante lo que ve que sucede, o al menos no lo demuestra en sus reacciones frías. El contexto de violencia nos ha trascendido y en el cine se refleja a través de esta película.



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