¿De qué se trata La cuarta compañía?

POR: GUSTAVO AMBROSIO

11-04-2018 09:40:38


Si partiéramos de una “analogía” entre un gran partido de futbol americano y una gran película, diríamos, avocándonos a ciertos criterios clásicos de la narrativa o de la percepción deportiva, el éxito de un juego depende de una figura estelar (en americano casi siempre es el quarterback) o de toda una estrategia en equipo que logra la victoria (en cine sería una historia coral).


En La cuarta compañía, los directores Mitzi Arreola y Amir Galván pretenden narrar cómo un joven llamado Zambrano es llevado al Reclusorio Oriente donde hay un equipo de futbol americano llamado “Los Perros” y el cual es utilizado por las autoridades para misiones de robo con violencia y cultivo de drogas en las peores épocas del sistema político mexicano en los años 70.


Y repito, pretenden, porque retomando el primer párrafo de esta crítica, diría que la película se disuelve entre contarnos la historia de una sola figura o de todo un equipo.


Se supone que abrimos con un punto de vista claro, el de Zambrano a quien vamos conociendo poco a poco para después, de forma injustificada, romper ese tramo para introducir un segmento con un helicóptero que resulta obsoleto como símbolo en el momento de su inserto y en su repetición a lo largo del metraje.


A partir de ahí, toda la estructura se viene abajo. La edición (¿o el guión?) fuerzan la presentación coral de personajes y sus conflictos, a los cuales incluso deben nombrar con rótulos sobre la imagen, como si el espectador no fuera capaz de poderlos identificar después.


Luego de los primeros veinte minutos, la trama de la película queda disuelta y no permite ni ahondar en los conflictos, ni conocer a los personajes; las subtramas se transforman en líneas principales para después volver a ser subtramas, el arco dramático del protagonista es fraccionado constantemente. Al final, no sabemos de qué va.



En su intento de abarcar todos los temas posibles, la guionista y el editor no permiten a la constelación de caracteres su develación en función de las interacciones con la figura principal, supuestamente Zambrano.  Por otro lado,  la narrativa coral metida con calza no tiene un eje rector en el cual sostenerse para que cada personaje sea una variación de  un tema en específico.


En su lugar, juegan a darle protagonismo a secundarios irrelevantes, oscurecer y darles final a los personajes más interesantes, al grado que el personaje principal termina en un punto gris.


El conflicto y el tema se desplazan primero desde la crítica al sistema penitenciario mexicano y el gobierno al de un joven que sueña con ser jugador de americano, a la búsqueda de la libertad, al uso del equipo de futbol para cometer crímenes, la guerrilla urbana, a un equipo de reos queriendo ganar el campeonato, ¿es sobre la libertad? ¿Es sobre corrupción? ¿Es sobre la amistad? Al final es todo y es nada.


El punto de vista está tan roto y fragmentado que Palafox (Hernán Mendoza) y Combate (Andoni Gracia) emergen como los únicos personajes tridimensionales, humanos y bien construidos de la historia, al grado que a lo largo del metraje piden a gritos haber sido los protagonistas.


Ni narrativa hollywoodense, ni experimental. Yo más bien hablaría de un intento abarcador, sin síntesis dramática y con problemas para identificar el peso de un personaje con un afán de ser comercial pero políticamente comprometido.


La edición tiene juegos interesantes, sobre todo al inicio, las escenas de la persecución, de la bienvenida a la cárcel y las partes del juego. Pero después tropieza con intentos efectistas y rococós con montajes por secuencia que recuerdan a un videoclip o a un experimento obvio del uso del material de archivo o de “símbolos”.


Sí, una película que mezcla crimen con deportes, debería, por academicismo, tener un ritmo acelerado y fragmentado, pero en La cuarta compañía trasladan ese tipo de cortes a escenas donde no se necesitan y donde no deberían estar. Secuencias de decesos o de “acción”  (escena del banco) que se quedan en un coitus interruptus para el espectador.



Tomando en cuenta la dirección bicéfala, se nota un trabajo de equipo en su proceso, pero se vislumbran detalles que dan cuenta de la labor de dos cabezas y no de una. Evidentemente, eso se traslada a la fotografía de Miguel López, la cual por momentos da sorpresas en su captura de los interiores y se vuelve intrascendente en los momentos de las visitas familiares o las salidas delictivas de los presos jugadores. No hay una visión consolidada del cómo se tenía que ver el filme.


En términos actorales, el reparto cumple con sus personajes, destacan, como ya dije, Hernán Mendoza, Manuel Ojeda y Jospeho Rodríguez, quien interpreta a “El Negro” Durazo. Adrián Ladrón tiene escenas complejas a nivel físico y emocional, pero lamentable lo que el cuarto de edición y el guión (¿?) le hicieron a su personaje, nos impiden empatizar con él.


A nivel de producción y técnica, La cuarta compañía está a la altura de muchas películas norteamericanas. La reconstrucción del México setentero es de aplauso. Además, es de reconocer el uso de espacios exteriores e interiores para generar verosimilitud.


En fin, el asunto no es si ganó todos los Arieles de la historia, si usaron presos reales, si las pelucas se ven chafas (como dicen algunas críticas superficiales), sino las preguntas generadas tras observar el cine hecho en México, con una impecable producción, actuaciones brillantes y trabajo técnico destacable, pero guiones que parecen llegar a la pantalla con un tufo a falta de oficio y de principiante. Y la respuesta no, no es “no hay guionistas”.


En los créditos los directores o los productores, (¿?) se regalaron un juicio moral, merecedor de un spoiler, el cual da al traste con toda la crítica al sistema penitenciario mexicano que plantean. Sobre un video de un motín en el penal de Topo Chico se regalan poner esta frase: “recuerden que todo lo que entra a la cárcel, tarde o temprano tiene que salir”. Sí, lo que sigue después de leerla es un silencio incómodo.


 



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