El Vigilante: la noche de un país donde no pasa nada

POR: SAÚL ARELLANO MONTORO

04-04-2018 13:27:06



En medio de una oleada de cine para gustos más ligeros -valido completamente en esto que llamamos “la democracia del gusto”- aparece como tabla en el mar una película escrita y dirigida por Diego Ros llamada El Vigilante que representa, en una sola noche, el pulso de una sociedad inmersa en la inseguridad y el miedo que representa vivir en un país donde la ejecución plena de la justicia se ha vuelto algo ajeno al ciudadano común.


 LA NOCHE COMO PROTECTORA DE LAS PERVERSIONES SOCIALES


Desde las primeras escenas, Ros nos pone en contexto de lo que vamos a ver: Un individuo promedio que tiene las presiones normales de vida y que es orillado a tomar decisiones difíciles en momentos de gran tensión. Decisiones que dependen de su sentido de la ética, de lo que es correcto y de pensar en los demás antes que en sí mismo. Es decir, lo que nos hace seres humanos sobrevivientes en una sociedad cada vez más deshumanizada para con lo que es vivir en comunidad dependiendo de los valores personales.


Una vez que se nos plantea la temática base del argumento Salvador (Leonardo Alonso), el personaje principal de oficio vigilante de una construcción por los rumbos de Cuajimalpa en la Ciudad de México, tiene el primer encontronazo con lo que es el deber y el hacer al tener que dar una declaración debido a una camioneta abandonada con un cadáver en su interior que apareció la noche anterior mientras hacia su rondín de guardia. El director personifica a la sociedad común en el personaje de Salvador en la forma en cómo se desenvuelve  ante la cooperación con las autoridades y lo que uno debe esperar en respuesta al no ser tratado como un presunto sospechoso; la desconfianza- otro ingrediente importante en la trama de la película – se hace presente para nunca desaparecer en la hora y media que dura la propuesta fílmica de Ros.

Es así que en la medida que vamos adentrándonos en la trama, descubrimos la metáfora que representa el mastodonte de construcción – un edificio característico de la zona de Cuajimalpa – donde el manejo preciso de cámara, los encuadres impecables del  cine-fotógrafo Galo Olivares, el juego de luz/sombras y los sonidos que crean una atmósfera siniestra y abrumadora logrados por los diseñadores Mario Martínez y Miguel Hernández son igualmente intérpretes del contexto ambiental para lograr una película del más puro suspenso sin caer en situaciones obvias o de previsión secuencial. Al contrario, la narrativa tiene giros de tuerca que resultan verosímiles debido a los acontecimientos que suceden durante toda esa noche.


 


LA NOCHE ETERNA DEL ESTADO DE ALERTA


Teniendo como el más puro McGuffin una llamada constante al personaje de Salvador, la noche del vigilante se convierte en una angustiosa trama donde ocurren una serie de eventos consecutivos que, lejos de parecernos situaciones puestas de manera forzada para no dar calma a la situación, dan testimonio de la violencia que se genera gracias a un estado que no ha sabido cumplir con el cuidado de sus gobernados. En una sola noche somos testigos impotentes de situaciones en las que la sociedad se enfrenta no solo con  actos delictivos sumamente violentos sino con una atroz presencia de la corrupción, del desapego, la falta de empatía, egoísmo y nulo involucramiento de todos los personajes alrededor de Salvador. Y resulta doblemente irónico debido a que todo eso ocurre en la celebración del 15 de septiembre, una fecha donde se resaltan los valores que como mexicanos, ostentamos en los ojos de los que viven fuera de nuestras fronteras. Una celebración donde la pirotecnia que celebra nuestra identidad se confunde con el sonido de los disparos que matan a nuestra propia gente.

Lo que en un principio parece ser el tema central de la trama, en la medida que la noche avanza y que Salvador es presionado por una llamada constante de motivo desconocido hasta el final, evoluciona a situaciones que convierten al edificio en construcción en una siniestra y agobiante metáfora donde las situaciones más aterradoras de simplemente sobrevivir en una ciudad violenta se convierten en desconfiar de todo para salir lo mejor librado de los peores momentos. Una terrible noche donde la llegada del sol al amanecer no nos reconforta sino que simplemente nos hace sentir que simplemente sobrevivimos una noche más al problema interminable de vivir en una ciudad como esta.


 



Ros maneja a sus actores con mano artesanal permitiendo en todo momento una identificación casi inmediata con el espectador que entra en esta carrera contra el tiempo y la constante necesidad moral de hacer lo correcto en los momentos más difíciles; especialmente en salvador que es interpretado de forma extraordinaria por Leonardo Alonso. El director no nos concede un solo momento de paz durante la noche, incluso nos hace sentir impotentes en dos situaciones sumamente graves y violentas en el transcurso de esta tormentosa noche, pero nos permite sobrevivir moralmente a cada embiste de situaciones violentas o desoladoras gracias a que toca las fibras más íntimas de cada uno sin inducirnos ni dejarnos caer en lugares comunes.


Un logro excepcional y de agradecerse en el cine mexicano de estos años.


EN RESUMEN


El Vigilante es una propuesta cruel, desgarradora y dolorosamente real que Diego Ros manejó con maestría gracias a tomas muy cuidadas, secuencias logradas de forma precisa, encuadres oportunos, sonidos sutilmente atmosféricos y un manejo impecable de la luz y la sombra para integrar todo en conjunto a  una bien escrita historia de suspenso necesaria en la cinematografía mexicana contemporánea.

 



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