Somos Lengua, porque la calle es de quien conoce sus códigos

POR: YESENIA TORRES

14-11-2017 13:33:08

Si algo nos deja claro el documental Somos Lengua, de Kyzza Terrazas es que para tratar comunicarnos las cosas se deben decir como van y por ello inicio este texto asegurando de manera tajante que esta cinta no trata de cómo la cultura del hip hop se ha expandido por el país o cómo es la puesta en escena de nuestros raperos. Para desilusión de muchos esta película está lejos de acercarnos a personajes de la esfera popular como Cartel de Santa, Control Machete o Molotov, y mucho menos al mercado industrial internacional que refiere este género como emblema de un estilo de vida glamuroso. No. Aquí, las palabras disparan como balas desde donde nacen: del barrio y para el barrio.


Debemos entender al hip hop como un estilo de vida que engloba distintas expresiones artísticas como el baile, el graffiti y el rap. Su orígenes se remontan a los años 60 y 70 en barrios afroamericanos de Nueva York, específicamente en el Bronx y es conocido por ser un movimiento de volumen fuerte, contestatario y territorial. En México, la situación es distinta. No necesitamos conocer su origen geográfico o cómo es que llegó aquí para entender que en nuestro país este género tiene vida y que tiene un gran número de seguidores, que está abajo, que está arriba y que lo hay para todos: hombres, mujeres, chicos y grandes. En Somos Lengua el hip hop es  para muchos, una forma de vivir dignamente.   


Para los que utilizamos el transporte público para movernos por la caótica Ciudad de México resulta una escena común encontrarnos con jóvenes que en el  vagón del metro o en el microbús encuentran una rima exacta para las circunstancias inmediatas. Nos sentimos asombrados por la instantánea creatividad naciente y muchas veces agradecemos la sinceridad de lo explícito. Suena fuerte y procura siempre tener un buen contenido de palabras altisonantes, y aunque no es directamente político, lo es. De cierto modo este canto  poético-urbano siempre se desprende de circunstancias personales que nacen de una atmósfera social compleja y por ello es común que existan prejuicios y estigmas en contra de los y las que practican esta actividad, generalmente relacionándolos con criminales y violencia.  



Tampoco es mentira ni se trata de un tema tabú. De hecho, Tanke, uno de los primeros hiphoperos que vemos en Somos Lengua, se encarga de presumirnos cuantos piquetes lleva una navaja. Cómo es que veneran a la virgen de Guadalupe rodeada de armas y drogas, las calles donde cometió sus primeros crímenes. Escuchamos que el mismo lugar donde consumió por primera vez clonazepam con cerveza es el mismo donde conoció el hip hop, un camino a la liberación. Y este es justo el punto más importante del documental. Porque podría ser cinismo, pero no lo es, lo que vemos es lo que hay.


Es cierto que esta expresión no entra en ningún parámetro de la escala perteneciente  a alta cultura. Pero eso no lo limita a no ser una actividad creativa. Es más, los mismos que rapean son conscientes que no saben cantar, que no saben solfeo y no tienen idea de notas musicales. Bien lo dice Manotas en escena: “Yo solo sé escribir y rapeo como Dios me dio a entender. Pero es eso, es encontrar tu voz en la cacofonía de la ciudad, es decir, durante tres minutos, el silencio va a ser mío.”


Y llega el momento: un micrófono y un escenario que podría ser cualquier lugar son la combinación perfecta para estos maestros del silencio. Porque los que tienen una visión de vida diferente lo tienen también en la voz, y más que en la voz, en las palabras. Bien lo plantea Kyzza Terrazas, escritor y director de la cinta: las posibilidades de comunicar son infinitas pero el lenguaje obedece una serie de códigos, muchas veces indescifrables. Es claro: no todos hablamos la misma lengua.


Somos Lengua está muy lejos de ser un proyecto descriptivo o informativo. Porque de la misma forma que encuentra la fórmula para intimar en la vida de raperos de diferentes estados de la República Mexicana, también nutre el contenido audiovisual con exploraciones mismas del mensaje al público: la fotografía es maravillosa, la edición sonora, la ilustración gráfica, la animación y tipografía presente en toda la película mantienen una secuencia y ritmo que solo podría lograr dirigir un melómano.


Si lugar a duda este documental explora las infinitas circunstancias sobre el poder de comunicar y rinde un homenaje a su mismo título y hacia los que se permiten crear puentes a partir de las palabras.  




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