A morir a los desiertos. El ocaso de una tradición musical

POR: FCO. JAVIER QUINTANAR POLANCO

11-11-2017 11:49:59

En su nuevo documental, la cineasta española asentada en México, Marta Ferrer lleva al espectador a una apartada y árida región de nuestro país, a conocer a los últimos intérpretes vivientes del canto cardenche, un estilo musical nacido hace dos siglos, y que se enfrenta a su posible extinción.


Originario del estado de Durango, el cardenche era -con sus debidas distancias- un equivalente a los cantos entonados por los esclavos negros en los campos de cultivo para animarse mientras levantaban la cosecha, y que daría origen al blues y al gospel. Se trata de composiciones interpretadas usando la voz como único instrumento, casi siempre valiéndose de dos ejecutantes: uno fungiendo como cantante principal y otro encargado de apoyar rítmicamente “haciendo segunda”. Era canturreado por los jornaleros dedicados a la pizca del algodón durante el siglo XIX, como una forma de aliviar el tedio de tan extenuante labor. Con el pasar del tiempo se convirtió en una expresión musical popular de la región, sobre todo en Sapioriz, Durango y La Flor de Jimulco, Coahuila.


El nombre de este estilo musical deriva de la palabra cardón, nombre de una planta cactácea con espinas las cuales al enterrarse en la piel producen dolor, pero si se intentan extraer duelen aún más. Analogía del sentimiento que permea a estas canciones, cuyas líricas casi siempre versan sobre “mal de amores” y se interpretan con cierto dejo de melancolía. 


Actualmente, el único lugar donde parece subsistir dicha tradición es en el ejido Sapioriz, donde se encuentran los últimos cardencheros: ancianos cansados, enfermos, a los que el tiempo les ha minado sus cuerpos y difuminado sus recuerdos, pero quienes mantienen su vena musical y su canto casi incólumes, resistiéndose a desaparecer.



De forma transversal a la crónica sobre estos octogenarios intérpretes, Ferrer nos muestra aspectos del lugar y la realidad en donde estos personajes viven. Lugares solitarios y desérticos de mucha belleza, pero que también denotan abandono, donde la vida pacífica y tranquila de sus pueblos natales comienza a menguar, y los pobladores más jóvenes de esos ejidos buscan trabajo en las maquiladoras esparcidas por el territorio para ganar su sustento. Del mismo modo, estilos como la música de banda y el hip hop se arraigan más en el gusto popular, desplazando poco a poco al canto cardenche, conminándole quizá a una eventual desaparición, cuando el último de los cardencheros deje de existir.


A pesar de este oscuro panorama, el documental ofrece un pequeño hálito de esperanza, al vislumbrar dos posibles formas de que el cardenche subsista: que las nuevas generaciones aprendan y valoren esta expresión musical, o que se hibride con otras formas musicales populares (como el hip hop) para que la esencia subsista, aunque sea con una nueva piel.


A morir a los desiertos es más que un registro documental de un estilo musical antiguo pugnando por sobrevivir, es también una súplica para que una expresión musical mexicana con cualidades muy particulares y de naturaleza endémica no desaparezca. Para que el canto cardenche no se vaya al olvido y termine por sucumbir.



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