Anabelle 2: La creación, otra vez con los mismos terrores

POR: ULISES CASTAÑEDA

24-08-2017 13:12:20


El cineasta malayo James Wan apareció en 2004 con su filme Saw (el primero de la saga), que se convirtió en un fenómeno del cine de terror a nivel mundial gracias a su estilo que mezclaba el sadismo con una creatividad argumental efectiva en la pantalla. Desde entonces el realizador se convirtió en un especialista al momento de generar pánico en el espectador, sobre todo con el manejo de la tensión con cambios bruscos de sonido en medio del silencio hizo de la incertidumbre una manera efectiva de jugar con la mente.


El éxito de este cineasta lo llevó a ser uno de los más influyentes realizadores del cine de género que consolidó al lanzar otras sagas como La noche del demonio y El conjuro, inspirado en las investigaciones de los demonólogos Ed y Lorraine Warren. Su manera de hacer películas se convirtió en una escuela que quiso explotar estas historias, de ahí  surgieron otros cineastas como John R. Leonetti, que expandió el mundo de El conjuro con la historia de la muñeca Annabelle (2014) y David F. Sandberg de la cinta Cuando las luces se apagan (2016). Ahora llega a las salas de cine otro spin off de El conjuro con una mirada más al pasado en Annabelle 2: La creación, de Sandberg, en el cual se vuelve a mostrar la influencia de James Wan sin aportar nada novedoso, con un tono y fórmula que ya se siente demasiado gastado.


Como su nombre lo indica, el filme es el acercamiento del cineasta a la imagen terrorífica de la muñeca Annabelle. Varios años después del trágico fallecimiento de su hija, un juguetero que crea muñecas y su mujer acogen en su casa a una enfermera y un grupo de chicas tratando de convertir su casa en un cálido orfanato. Sin embargo, los nuevos inquilinos se convertirán en el objetivo de Annabelle, una muñeca poseída por un ser demoniaco.



Se trata de un filme que anuncia por completo la forma en que va a asustar desde el comienzo de la historia. Una interesante secuencia de presentación de la casa donde habita esta familia que vive en la melancolía de haber perdido a su hija nos lleva por los pasillos, las escaleras, las habitaciones y nos da los detalles suficientes para tratar de enganchar desde el principio al espectador, sin embargo, es demasiado obvio qué esperar de ella. Pausas recurrentes para que aparezca una sombra o un movimiento “no esperado”, con un ruido exorbitado para que el cuerpo de cada persona reaccione por instinto. Uno sabe que algo pasará y el sobresalto es lógico… eso es James Wan a través de Sandberg.


La película goza de un gran diseño de producción sobre la decoración, de la cual se aprecia el esfuerzo por los detalles. Maquetas y muñecas que permiten hermosos encuadres, pero que curiosamente van perdiendo consistencia con el desarrollo de la historia. Los personajes que aparecen no son extraordinarios, pero cumplen en su función de anzuelos para el susto y la atmósfera de cada escena de terror.


La película no arriesga nada, se juega el miedo a la fórmula segura y con ello atrapa a un público cautivo del estilo de susto repentino de James Wan. No va más allá del mero entretenimiento que da continuidad a lo ya visto. Es la mera apelación al morbo de aquellos que les gusta saltar de sus asientos.


 


 


 



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