Premios Ariel 2017: La ceremonia de la dignidad

POR: ULISES CASTAÑEDA

13-07-2017 20:25:42


La noche del martes 11 de julio se llevó a cabo la edición 59 de la entrega de los Premios Ariel, la cual coincidió con el aniversario número 70 de la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas (AMACC). Sin embargo, este año -como desde hace algunos más- la celebración se realizó en medio del contraste entre reconocer el trabajo de los filmes que participaron y hacer una ceremonia con un recorte presupuestal del 77 por ciento respecto al año pasado. 


En esta ocasión la ceremonia  -bajo la producción de Daniel Giménez Cacho- contó con un presupuesto total de 3.5 millones de pesos, casi 10 millones menos que en 2016. Una situación que recuerda a la que padeció la administración del cineasta Carlos Carrera al frente de la AMACC en 2012, cuando la entrega de premios se realizó con cuatro millones: “La lectura puede ser que a pesar de que no hay dinero la Academia sobrevive; entonces, pues no hay que darle dinero. El asunto es de dignidad...”, dijo Dolores Heredia, actual presidenta de la Academia, días antes de la premiación.


Con un marcado discurso de protesta e inconformidad se vivió la fiesta del cine mexicano: Una oportunidad de elección de cine para diferentes públicos, mejores normas que controlen las proyecciones y las semanas de duración en cartelera del cine mexicano, apertura de más espacios culturales, que no se reduzca el presupuesto a la cultura, una mejor programación y unión en el gremio artístico cinematográfico, son algunas de las peticiones que hicieron actores, directores y miembros del gremio cinematográfico. 


No es para menos, las peticiones son las mismas que las de años pasados y no se mantendrían si las autoridades hubieran resuelto a favor del buen momento del cine nacional: “Ridículo”, dijo la actriz y directora Giovanna Zacarías; “Un insulto”, alzó la voz el actor Tenoch Huerta; “Lamentable”, coincidieron Verónica Langer y Adriana Paz, fueron solo algunas de las palabras con las que el talento mexicano expresaba su descontento al ser cuestionado por Encuadres sobre este tema antes de entrar al Palacio de Bellas Artes, donde se realizó la ceremonia. 


La austeridad de esta entrega de premios fue notable. La alfombra roja para recibir a los asistentes no existió; se realizó una ceremonia sin actos musicales, solo un baterista que puso un ritmo de desorden emocional, al más puro estilo de Antonio Sánchez en Birdman, de Alejandro González Iñárritu; se recurrió a la creatividad de artistas que hacen efectos digitales para anunciar las categorías y cual metáfora del documental Tempestad, de Tatiana Huezo, la lluvia también puso en jaque las condiciones de la cobertura, como curiosamente ha coincidido en ediciones anteriores. 



Posiblemente, el nerviosismo y la tensión de una ceremonia complicada hizo que Dolores Heredia no prestara la misma atención a todos los medios de comunicación al llegar al Palacio de Bellas Artes, y con sutileza le daba la vuelta a los cuestionamientos de algunos miembros de la prensa. Entonces podemos interpretar que también hay un temor a que los medios de comunicación puedan empañar la celebración con la nota politizada, cuando es evidente que la hay. Un poco también podemos asumir que el mismo gremio asume que la situación del cine nacional no es importante para todos los medios. Y de ahí no podríamos extender a las condiciones con las que trabajamos. Más allá de eso, es importante destacar que, como dice Dolores Heredia, esta edición fue una celebración a la dignidad del gremio cinematográfico.


Baño de oro para La 4ª compañía


En el nuevo milenio, el cine mexicano se ha caracterizado por ampliar su oferta de historias en los distintos géneros. La Academia ha reconocido a filmes que van de la sátira política de Luis Estrada (La ley de Herodes, 2000, y El infierno, 2011), al drama rural de Ignacio Ortiz (Cuento de hadas para dormir cocodrilos, 2002, y Mezcal, 2006) o el de Carlos Carrera (El crimen del Padre Amaro, 2003); del humor negro de Emilio Portes (Pastorela, 2012), al cine contemplativo de Carlos Reygadas (Luz silenciosa, 2008); pasando por cruda travesía adolescente de La jaula de oro (2014), de Diego Quemada-Diez, la otra adolescencia en ojos de Fernando Eimbcke, en Temporada de patos (2005) y Lake Tahoe (2009), o en la road movie de Güeros (2015), de Alonso Ruizpalacios.


También ha encumbrado a Alejandro González Iñárritu y su drama social de Amores perros (2001) y recientemente a David Pablos por su doloroso drama de trata de mujeres en Las elegidas (2016), al mismo tiempo que ha dado el triunfo a filmes sobre temas no mexicanos como la inocencia en medio de la dictadura militar de El premio (2013), de Paula Markovitch y la fantasía en medio del franquismo de El laberinto del fauno (2007), de Guillermo del Toro. 


Ahora tocó el turno a un drama carcelario inspirado en hechos reales sucedidos en la capital mexicana durante el sexenio de José López Portillo: La 4a compañía. A través de la historia de Zambrano (Adrián Ladrón), un chico de 20 años, quien tiene una extraordinaria habilidad para abrir autos sin llaves pero que fue condenado a prisión. Al llegar a Santa Martha Acatitla, se enrola en Los Perros, el equipo penitenciario de futbol americano que está haciendo leyenda. Sin embargo, su ilusión lo involucra con el crimen organizado de La 4ª Compañía, un escuadrón de internos que controla los vicios y privilegios de la cárcel en provecho de los directivos, y asola la ciudad con el robo de autos y asaltos bancarios que reportan grandes dividendos a los hombres de poder.


Esta historia cumple en su fondo y forma con una gran habilidad y manejo del lenguaje cinematográfico con un diseño de producción tal que recrea con mucho virtuosismo el mundo carcelario. El filme además tiene una buena dosis de acción que encajan perfectamente con el propósito del filme de emocionar y provocar al espectador.


Dirigido por Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola, este filme comenzó a ser protagonista de la ceremonia del Ariel. De entrada arrancó como favorita con un total de 22 nominaciones. Después de que Martha Claudia Moreno se llevó el primer premio a la Mejor Actriz de Cuadro por su trabajo en Distancias cortas, el primer premio de la noche para la 4ª Compañía lo recibió Hernán Mendoza, quien obtuvo el Ariel a Actor de Cuadro por dar vida a uno de los presos. 


La 4ª Compañía también recibió los siguientes premios: Carla Tinoco y Alfredo García ganaron a Mejor Maquillaje; Bertha Romero y José Guadalupe López al Mejor Vestuario y Jay Aroesty y Carlos Cosío superaron a Eugenio Caballero (Me estás matando Susana) en Mejor Diseño de Arte. Después de las categorías de cortometraje, la cosecha siguió abrumadora, las papeletas le dieron el premio de Mejor Edición a Mitzi Vanessa Arreola y sus compañeros Francisco X. Rivera y Camilo Gutiérrez; Efectos Especiales para Luis Eduardo Ambriz, Efectos Vicuales para Ricardo Robles y solo en Sonido se igualó con Tempestad, de Tatiana Huezo, en un empate.



En la segunda parte de la ceremonia los premios se repartieron de a uno, dos, tres y cuatro en las otras películas, pero el paso abrumador de La 4a compañía continuó al darle a Adrián Ladrón el Premio de Mejor Actor en empate con José Carlos Ruiz de Almacenados, y posteriormente el máximo galardón a la Mejor Película. Al recibir el premio, Galván se lo dedicó a los presos de la cárcel de Santa Martha Acatitla y recordó, en referencia al sistema penitenciario mexicano que “los que están mal se pueden componer”.


En total fueron 10 galardones los que se llevó La 4a compañía, éxito que ha tenido desde su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara 2016 donde ganó el Premio Especial del Jurado y Adrián Ladrón como Mejor Actor Iberoamericano.


El filme no ha llegado a salas y no tiene aún una fecha definida para su estreno en México, lo que también raspa las rodillas del gremio que sigue en la lucha en el tema de la distribución y la falta de conexión con audiencia mexicana:


“Ganó la película que nadie ha visto. No solo ganó, arrasó. El cine mexicano puede pasearse con seguridad por La Croisette de Cannes e impregnarse de glamour en los festivales europeos. Pero en casa, solo en la intimidad del hogar, vuelve a orear sus realidades y problemas entre sus conocedores y allegados”, señala el periodista Luis Pablo Beauregard, en su publicación para El País.


Tatiana Huezo, primer premio a Mejor Dirección para una mujer


Con historias de dos mujeres, víctimas de un México violento, la cineasta Tatiana Huezo hace más que un retrato sobre el dolor de sus protagonistas: Miriam y Adela en su documental Tempestad. También hace un reclamo a la compasión del prójimo, provoca indignación por la impunidad que hay alrededor de los casos y eriza la piel con pinceladas fílmicas que utiliza la cineasta para no hacer explícito el sufrimiento. Por este filme Tatiana se convirtió en la primera mujer en ganar el premio Ariel en la categoría de Mejor Dirección. 


Antes de ella solo hubo un puñado de mujeres contendientes: Marcela Fernández Violante por Misterio (1981) y De todos modos Juan te llamas (1976); Dana Rotberg por Ángel de fuego (1993); Guita Schyfter por Novia que te vea (1994); María Novaro por El jardín del edén (1995) y Danzón (1992); Maryse Sistach por Perfume de violetas (Nadie te oye) (2001); Lydia Zimmerman por Aro Tolbukhin (En la mente del asesino) (2003); Mariana Chenillo por Cinco días sin Nora (2010); Paula Markovitch por El premio (2013); Claudia Sainte-Luce por Los insólitos peces gato (2014) y en esta edición también Mitzi Vanessa Arreola por La 4ª compañía. De ellas los filmes de Markovitch, Chenillo y ahora, Arreola, son los únicos filmes hechos por mujeres que han ganado como Mejor Película. 


El dato parecería no tener mayor relevancia, sin embargo, es también un mensaje alentador para las realizadoras que son una minoría, pues de los apoyos entregados por FOPROCINE y FIDECINE entre 1998 y 2016, los proyectos de mujeres directoras recibieron solamente el 18.6 por ciento. El resto fue para directores hombres. Y no se trata de poner en la mesa un discurso feminista que recurre a argumentos extremos sino mostrar la posibilidad de una equidad. 



Si hubo una película que pudo quitarle el premio a La 4a compañía (y posiblemente merecerlo en cuestión de trascendencia histórica) fue Tempestad. Un filme que además de tener una historia desgarradora también cuenta con una calidad estética asombrosa que le permitió recibir un total de cuatro premios Ariel: Dirección, Mejor Documental, Mejor Sonido (Federico González Jordán, Lena Esquenazi y Carlos Cortés) y Mejor Fotografía para Ernesto Pardo, recientemente invitado a formar parte de la Academia de cine de Estados Unidos (AMPAS, por sus siglas en inglés). 


Tempestad es una película que tiene como uno de sus temas de fondo la impunidad en la que estamos sumergidos desde hace muchos años desgraciadamente. ¿Qué significa la impunidad dentro de un ser humano? ¿Qué provoca ese desencanto y orfandad? Me preguntaba. Es una sensación muy dolorosa y triste que yo percibía en ellas, a partir de una profunda soledad, de no tener a nadie a quién acudir para pedir ayuda y exigir justicia. Quería explorar que nos deja esa impunidad y qué heredamos”, destacó Tatiana, en entrevista con Encuadres. 


Los mejores mentirosos del Ariel 


“¿Qué es en el fondo actuar, sino mentir? ¿Y qué es actuar bien, sino mentir convenciendo?”, decía el legendario actor Laurence Olivier a propósito de su profesión. En la noche de los Premios Ariel, los grandes mentirosos de dos películas se llevaron los principales premios de actuación. 


Si bien ya comentamos el éxito de Adrián Ladrón, como Mejor Actor por La 4a compañía, cabe señalar que el galardón lo compartió con el veterano José Carlos Ruiz, quien formó parte de la cinta Almacenados, de Jack Zagha, en la cual dio vida al encargado de un almacén que está en la última semana de trabajo antes de jubilarse y tiene que pasar la estafeta a un joven llamado Nin (Hoze Meléndez), quien es totalmente diferente a él, poco a poco los dos comienzan a conocerse y la historia se convierte en una reflexión divertida sobre el paso de los años, las visiones de distintas generaciones y los vacíos.


Su compañero de reparto Hoze Meléndez también se llevó el Ariel en la categoría de Coactuación Masculina. 


José Carlos Ruiz cuenta con 10 nominaciones al Ariel en su carrera, de las cuales ha ganado cinco, con el de la noche del martes, entre ellos sus tres competencias como Mejor Actor Protagónico por Vidas errantes (1985), de Juan Antonio de la Riva, luego por Goitia, un dios para sí mismo (1990), de Diego López Rivera y ahora por Almacenados (2015), de Jack Zagha. Sus otros dos premios fueron a Coactuación por Toña Machetes (1986), de Raúl Araiza, y Dos crímenes (1995), de Roberto Sneider, quien estaba nominado al Ariel 2017 por Me estás matando Susana, pero no recibió ni una estatuilla.


“Menos mal que La 4ª compañía no tiene guión adaptado”, dijo en tono de broma David Desolá, el dramaturgo catalán que ganó a Mejor Guion Adaptado por la versión cinematográfica de su obra teatral, Almacenados, para conseguir el tercer palmarés para la película. 


En el apartado femenino de las actuaciones fue la cinta La caridad, de Marcelino Islas Hernández, la que se llevó los premios. Se trata de una cinta de drama que habla sobre la soledad y la crisis de pareja en la tercera edad a partir de un accidente que sufre el marido. Verónica Langer es la protagonista del filme y se llevó el premio a la Mejor Actriz. El año pasado estuvo nominada en la misma categoría por Hilda, pero la ganadora fue Sofía Espinosa, por Gloria


En el apartado de Coactuación Femenina fue Adriana Paz la ganadora por su papel de la enfermera del marido de Verónica Langer, en el filme. Se trata de su tercer Ariel consecutivo luego de que el año pasado ganó esta misma categoría por Hilda, y un año atrás ganó como Mejor Actriz Protagónica por La tirisia.


El resto de las categorías de actuación fueron para María Evoli como Actriz revelación por su trabajo en el polémico filme de horror Tenemos la carne, y para Paco de la Fuente por El Alien y yo.


El futuro del cine en los cortometrajistas


Este año, las categorías de cortometrajes fueron algunas de las más competidas, y como dicta la costumbre, la mayoría de los representantes son talento emergente. Una de las competencias más prometedora fue la de animación, rubro que no se dio este año en cuestión de largometraje pero que tuvo en los cortos a contendientes como Ascensión, de Samantha Pineda y Davy Giorgi, con una animación virtual sobre un pobre diablo, que está a punto de cambiar cuando una misteriosa epidemia invade ciudad infierno, es perseguido por el resto de los diablos ante su dolorosa transformación.


También estaba nominado Elena y las sombras, de César Gabriel Cepeda, con un stop motion en torno a la historia de una niña de un vecindario a quien Félix le provoca un milagro y le muestra el poder de la imaginación; además el cortometraje Los gatos, de Alejandro Ríos, con una dolorosa metáfora sobre la confianza a través de la historia de unos mininos y un anciano. León Rodrigo Fernández tuvo dos nominaciones con cortos en stop motion: Los aeronautas, sobre la historia del más débil miembro de una tribu, que reflexiona sobre el fanatismo y la fe, y Taller de corazones, sobre la trágica historia de un artesano que repara corazones rotos. Los aeronautas fue el ganador.


En el apartado documental estaban nominados 13,500 Volts, de Mónica  Blumen, un filme musical en la historia de un joven guitarrista de rock que sobrevive a un accidente;  Club Amazonas, de Roberto Fiesco habla sobre la historia de dos mujeres trans hondureñas  que viven en un refugio en Tabasco para la comunidad homosexual; el más entrañable de los filmes documentales es La casa de los Lúpulos, de Paula Hopf, con una carta visual de amor de la cineasta a su padre; Memorias del table dance, de Silvana Lázaro, habla sobre los testimonios de tres ex stripers y Semillas de Guamúchil, sobre cinco mujeres que descubren la poesía en prisión; pero fue Aurelia y Pedro, de Omar Robles y José Permar el ganador, el cual nos muestra la vida de una madre y su hijo que viven en las montañas de la Wixáritari en el oeste de México, aislados del mundo.


Finalmente en el apartado de ficción estuvieron nominados Australia, de Rodrigo Ruiz, con la historia de una mujer obsesionada con quedar embarazada, que fracasa en su último intento, en su frustración decide robar el monitor del bebé de sus vecinos para saber sobre la maternidad; El tigre y la flor, de Fabiola Denisse Quintero, nos muestra la historia de Nicolás y Pablo, mejores amigos, que realizan un ritual prehispánico, en el cual entregan flores de compromiso a chicas como símbolo de amor, pero Nicolás ha decidido entregar la suya a un hombre.


También estuvo Fisuras, también de Roberto Fiesco sobre la espera de dos madres cuyos hijos están desaparecidos y finalmente Verde, de Alonso Ruizpalacios, la historia de un guardia que descubre que será papá y el destino lo pone ante la posibilidad de robar un motín de carga. El ganador fue El ocaso de Juan, de Omar Deneb, un filme sobre el crimen organizado en el campo a través de la historia de un chico que queda en una situación extrema al salvar la vida de un bebé. 


Repartición de estatuillas


Se podría decir que la gran perdedora de la noche fue El sueño del Mara’akame, de Federico Cecchetti, que figuraba como la segunda más nominada y de las 13 estatuillas a las que aspiraba solo se llevó los premios a Mejor Opera Prima y Música Original para Emiliano Motta. El filme, que tampoco ha llegado a salas comerciales, aborda la historia de un niño huichol que espera cumplir con su pasión de dar un concierto con su banda de rock en la Ciudad de México, sacrificando las tradiciones de su comunidad. 



En el apartado de Mejor Guión Original el premio fue para la cinta Maquinaria Panamericana, de Joaquín del Paso, una comedia absurda que utiliza el lado más patético del mundo laboral para hacer una reflexión sobre la ausencia de la libertad, sobre la esclavitud como un estado que impide a los seres humanos ser propositivos. 


En un hecho insólito, hubo un tercer empate en la noche cuando al premio por la Mejor Película Iberoamericana lo compartieron la argentina El ciudadano ilustre, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, con la brasileña Una segunda madre, de Anna Muylaert. 


Este año, fueron 220 académicos encargados de votar por las 54 películas en 28 categorías, de las cuales, la Academia volvió a retomar actor y actriz de cuadro; las categorías actriz y actor de revelación se mantuvieron. 


Honor a quien honor merece 


La austeridad de la Academia ya mencionada también afectó algunos de los homenajes programados para la noche, y en los tributos a Ismael Rodríguez, Juan Rulfo y el centenario del nacimiento de Pedro Infante, la memoria se limitó a mostrar unas imágenes en la pantalla con efectos digitales en vivo. 


Por otro lado también hubo un par de homenajes importantes a la trayectoria. El primero de ellos fue para la Diseñadora de vestuario, Lucero Isaac, esposa del cineasta Alberto Isaac, quien se llevó el Ariel de Oro por su contribución al cine mexicano. Ella inició su carrera en 1964 como directora de arte de En este pueblo no hay ladrones, dirigida por su esposo y con guion de Gabriel García Márquez.


Además ha trabajado con otros cineastas como Arturo Ripstein, Jaime Humberto Hermosillo, Sergio Olhovich, Juan López Moctezuma, Miguel Littin, Felipe Cazals y Costa Gavras, entre otros, incluyendo diseño de vestuario para: Charlotte Rampling, Geraldine Chaplin, Max Von Sydow, Peter O´Toole, Jorge Luke, Helena Rojo, y María Rojo entre otros. 


Fue Diana Bracho la encargada de entregarle el reconocimiento. “Su primer papel tuvo un diseño de vestuario mío”, le dijo Lucero al recibir el premio, “han pasado muchos años desde que dejé de trabajar en películas. Estoy muy agradecida con todas las personas que colaboraron conmigo”, dijo.


El segundo premio de la noche fue para Isela Vega, una de los sex symbols del cine mexicano de los años 60, 70 y 80. Ha ganado tres Arieles y ha estado nominada a dos más. En 1972 la nominaron como mejor actriz por Las reglas del juego, en el 74 por Tráiganme la cabeza de Alfredo García, de Sam Peckinpah; fue hasta el 84 que ganó el primero, por La viuda negra, una película que había hecho siete años antes. En 2000 y 2007 se llevó dos más, por coactuación femenina: por La ley de Herodes Fuera del cielo, respectivamente.


“Fue en Don Juan 67 cuando inicié y todo en ese tiempo nunca me pude poner la camisa de los convencionalismos, yo siempre me quise quitar las inhibiciones”, dijo la actriz de 77 años de edad, quien entró bailando a recibir su reconocimiento en manos de Ofelia Medina, quien se hincó a modo de homenaje. “Deberíamos de liberarnos y olvidarnos de las clases sociales, porque tenemos costumbres espantosas”, agregó dijo Vega quien también relató sobre haber crecido en el campo, lo cual ayudó desarrollar su “instinto actoral”.


Volviendo al contexto de las mujeres en el cine, fue Vega quien recordó una anécdota peculiar sobre su trato como cineasta: Cuando me atreví a dirigir “Los amantes del señor de la noche” les tenía que pedir a los de utilería, a todos, casi de rodillas, las cosas” relató Vega “Un día los vi conspirando contra mí y entonces fui y les dije, con el leguaje que tengo del norte: los que no quieran estar, ahí está la puerta y a chingar a su madre. Lo que hice fue asumirme como ser humano, no como mujer”. 


La actriz comentó durante su discurso sobre el México actual y los distintos cambios por lo que ha pasado: “Soy feliz y no me quejo de nada, es una maravilla mi trabajo, lo he disfrutado y este premio lo agradezco porque no me lo dan los de casa”, apuntó la actriz.



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