La semilla de industria cinematográfica en la época silente

POR: ULISES CASTAÑEDA

25-05-2017 21:29:39


En 1915 a un grupo de famosos ladrones se les llamó La Banda del Automóvil Gris. Todos los integrantes habían escapado de la Cárcel de Belem en la Ciudad de México. Dirigidos por un tal Higinio Granda se presentaban en domicilios particulares de gente adinerada con órdenes de cateo oficiales (vestidos con uniformes carrancistas), cometían los asaltos y escapaban en un vehículo Fiat modelo 1914 color gris hacia los barrios pobres.


Los tiempos revolucionarios eran propicios para la inseguridad. Asaltaron la Tesorería de la Nación y casas de personas influyentes como la del ingeniero Gabriel Mancera. Después de muchos secuestros y robos, la banda fue apresada y se ordenó el fusilamiento de los diez cabecillas más importantes. 


Ese mismo año el cineasta Enrique Rosas estaba inmerso en su trabajo como cineasta documental de la Revolución Mexicana. Trabajaba en su ambicioso filme Documentación histórica nacional 1915-1916. Él era un cineasta diferente a aquellos de la época y de hecho su incursión al cine no fue fácil.


Al no conocer bien cómo manejar un cinematógrafo en 1900, por coraje quemó la carpa donde lo utilizaba en Pachuca. No conforme con haberse quemado el rostro y las manos fue encarcelado sin atención médica hasta que su madre y un generoso lugareño lo ayudaron. Se dio una nueva oportunidad en 1903, abrió en la capital el modesto Cine Zaragoza y comenzó su carrera seria con visión empresarial. 



Fue el primero en dar programas de mano para conocer las reseñas de sus películas y junto a Mimí Derba -primera mujer en dirigir una película- (La tigresa, 1917), abrieron Azteca Film, casa productora con la que comenzaron a trabajar en la película que los llevaría a poner sus nombres en letras de oro. El último filme de Enrique Rosas fue La Banda del Automóvil Gris (1919), de quien documentó su fusilamiento en 1915, la película muda más importante del cine mexicano que marcaba también un parte aguas en el cine de ficción en México. 


En ese entonces, en México se vivía una lucha por el poder político que duraría una década tras el fin de la Revolución Mexicana. Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles al frente del país serían los encargados de reconstruir la identidad nacional y curiosamente relegaron al cine a un segundo término, a pesar de tres años (1917-20), de mostrarse un avance importante en la creación de filmes alejados cada vez más del documental. 


Contrario a lo que Venustiano Carranza había hecho al prestar mucha atención al cine, desde que Obregón tomó el poder se preocupó por cambiar la identidad nacional. Para eso se apoyó en José Vasconcelos a quien nombró rector de la Universidad Nacional de México y generó uno de los momentos culturales más importantes de la historia, pero éste se inclinó más por usar a pintores y muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, para exaltar el espíritu patriota con obras que mostraban su amor al estilo europeo. 


Vasconcelos no era devoto del séptimo arte porque lo consideraba un retroceso cultural y trató de relegarlo a una condición itinerante, además de que notó que las cintas estadounidenses -que ya eran una potencia- encajaban bien con la sociedad mexicana, por encima de otras cinematografías como la italiana. Vasconcelos veía al cine como una figura que vende una forma de pensar y no quería que los mexicanos cayeran en mostrar estilos de vida equivocados del país.



En ese panorama poco alentador se estrenaron filmes mexicanos importantes por su originalidad y nuevas propuestas como El caporal (1921), El hombre sin patria (1922) y la aclamada Almas tropicales (1923), de Miguel Contreras Torres; este mismo cineasta lanzó De raza azteca (1921) junto a Guillermo “Indio” Calles; y también llegaron otros como En la hacienda (1921) y La parcela (1922), de Ernesto Vollrath, Fanny o El robo de veinte millones (1922), de Manuel Sánchez Valtierra y Un drama en la aristocracia(1924), de Gustavo Sáenz de Sicilia, por mencionar algunos. Muchos de ellos con influencias europeas como el cine alemán que en 1921 llegó a México con El gabinete del doctor Caligari (1919), de Robert Wiene. 


La reacción del gobierno ante el incremento de proyecciones del cine europeo y norteamericano fue la de hacer un decreto que prohibía la entrada al país y la exhibición de todas las cintas producidas por empresas cinematográficas extranjeras, “que persistieren en su malévolo intento de seguir denigrando a México”, decía el documento. Enseguida creó el Departamento de Censura Cinematográfica.


Para 1924, la producción nacional llegó a su nivel más bajo desde 1917, año en que se iniciaron las películas de argumento. El sueño de industria de aquellos productores y cineastas intentaron hacer para competir con el cine mundial quedó derrotado. No había inversionistas audaces que apostaran por una actividad que no alimentara la nueva identidad nacional. 


El mundo seguía su marcha y la Primera Guerra Mundial había alterado radicalmente los valores de gran parte de la sociedad. La gente trataba de olvidar el horror vivido hasta 1919 y se refugió en el cine. En los “alegres veinte” nacieron también la radio, el jazz y las faldas cortas, así como el fascismo, el nazismo y la depresión económica norteamericana. En 1927 el cine habló por primera vez. El cantante de jazz (The Jazz Singer, 1927), de Alan Crossland, se convirtió en la punta de lanza de una novedad cinematográfica: el sonido. 



Estados Unidos sí tenía un interés especial en el cine. En México se abrieron solo escuelas de arte, pero nada para la cinematografía. Directores como Fernando de Fuentes, Emilio Fernández, Roberto y Joselito Rodríguez recibieron su educación cinematográfica en Hollywood, y actores como Lupe Vélez, Gilbert Roland y Fernando Soler comenzaron a brillar con luz propia en las pocas producciones mexicanas. 


En el mismo Hollywood se dio a conocer en esa época una actriz mexicana que conquistaría más tarde a Orson Welles, uno de los más importantes cineastas de la historia. Ella se llamaba Dolores del Río, apenas rebasaba los 20 años y ya había protagonizado El precio de la gloria (1926), de Raoul Walsh. En Estados Unidos se estaba sembrando la semilla dorada de la época más gloriosa del cine en México.



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