La libertad del diablo, el rostro del México del que nadie habla

POR: ULISES CASTAÑEDA EN GUADALAJARA

18-03-2017 09:14:13


“La idea surgió cuando en 2012 se discutía si las víctimas de la guerra contra el narcotráfico eran o no ‘daños colaterales’”, expresó el cineasta Everardo González al hablar sobre su documental La libertad del diablo, que ha helado la sangre de la audiencia en el 32 Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), donde obtuvo el Premio Mezcal a Mejor Película Mexicana, el Mayahuel  a Mejor Fotografía y el Premio a Mejor Documental Iberoamericano, así como el Premio a la Prensa.


La causa de tal reacción no es porque sea una película sangrienta ni melancólica, es más bien una forma desgarradora  de desvelar el dolor de una sociedad lastimada por la guerra contra el narcotráfico en México. La cinta, se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Berlín, donde ganó el Premio Amnistía Internacional a Mejor Documental.


“Cuando se publicaban los ‘ejecutómetros’ que pretendían contabilizar el número de muertos por semana, cuando se discutía en los medios de comunicación si debía firmarse o no, un pacto que silenciara las notas sobre violencia y desapariciones forzadas…


“Sentí que en la sociedad mexicana habíamos alcanzado niveles de indolencia que rebasaban cualquier entendimiento y me dediqué a hacer una reflexión, que fue cambiando con el tiempo, acerca de lo que nos provoca el miedo institucional como ciudadanos”, dijo el cineasta sobre el origen de su documental.


Se trata de un filme psicológico documental en la cual se muestran una serie de testimonios de diferentes trincheras que han vivido, sufrido o formado parte de la violencia; la película se mete en la mente de aquellos que fueron víctimas y victimarios, y explican experiencias tan desgarradoras que enchinan la piel. El público quedó impactado por cada relato que se mostraba en la pantalla que iba de mujeres que vieron la desaparición de sus madres, a charlas de sicarios que relatan los asesinatos que cometieron.



La película tiene la peculiaridad en la que los personajes que dan sus testimonios usan máscaras del tipo que se utilizan para ocultar quemaduras con la intención de “inspirar a liberar el miedo de hablar ante la cámara y al mismo tiempo transmitir el carácter de cada persona, porque la máscara cambia en cada fotograma, se moja, se aprieta, se afloja o sofoca a través de los sentimientos que transmiten”, dijo Everardo.


Se trata de uno de los filmes que más emociones encontradas han provocado por lo despiadado e impactante que resulta para el espectador ver los atroces testimonios y por la buena factura estilística digna de aplaudir.


La fotografía de la película fue realizada por María Secco, quien también ha colaborado en películas como La Jaula de OroGasolina y Club Sandwich, entre otras. En el equipo también participaron la investigadora Daniela Rea, el músico Quincas Moreira, la editora Paloma López Carrillo y el diseñador sonoro Matías Barberis. 


La producción estuvo a cargo de Roberto Garza e Inna Payan y las compañías productoras Animal de Luz Films y Artegios respectivamente. El rodaje de la película se llevó a cabo durante 2015 y 2016.



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