Tamara y La Catarina: Los vacíos de la cotidianidad

POR: SAÚL ARELLANO MONTORO

26-10-2018 13:40:01


Lucia Carreras retoma el tema de la soledad que vimos en Nos Vemos Papá (2011) y la responsabilidad que supera al individuo por circunstancias de vida que nos presentó en La Casa Más Grande del Mundo (2015) para amalgamar una historia de hermandad femenina donde las adversidades de una se asumen como personales al trasladar los sentimientos de desamparo y buscar salir de las adversidades en compañía de otro ser humano para librarse de lo que no nos permite estar en paz.


Y lo logra de manera sobrada con una historia tierna pero desgarradora donde se muestra un triángulo femenino que debe enfrentarse no solo a sí mismo sino a una sociedad que no permite debilidades ni actos de bondad más que para sí misma. Una sociedad donde el débil es mandado a lo oscuro para que pase desapercibido en esta carrera desaforada por pretender ser una clase incluyente cuando tenemos muchos lastres que no queremos soltar.


 “NO DEJA DE LLORAR...”


Desde el primer momento, Carreras establece el ritmo de la película donde de forma pausada y sin apresurarse vamos entrando en el mundo de Tamara, una mujer que sufre de retraso mental no grave de poco más de 40 años que vive con su hermano que sobrevive gracias a lo sistemático de su proceder en el día a día. Al ser rota la rutina una mañana que el hermano se va para no volver, Tamara debe enfrentar un nuevo reto y adaptarse a una soledad que no termina de entender reduciendo el tiempo a despertar, trabajar y regresar a dormir. Un mundo donde la esperanza del regreso del hermano a casa es lo que rompe los estados grises de su vida; hasta que aparece Catarina.


Por otro lado, tenemos al personaje de Doña Meche, una mujer mayor que está atrapada en su propia soledad pero que pasa desapercibida para ella misma al dedicarse a sobrevivir con un trabajo que apenas le da para seguir adelante. Otra falla de los programas federales generada por una política de desabasto de dignidad a un sector social que también se pretende ocultar en los obscuros rincones de la vida cotidiana. Doña Meche vive con la esperanza del apoyo económico de sus hijos para poder pagar la “protección” de la policía y que su puesto de quesadillas en la calle le de para cubrir sus necesidades y vivir en paz los años que le queden sin temor a la soledad que se niega a ver frente a ella; hasta que aparece Tamara.


A partir del momento en que coinciden estas tres mujeres es que la película toma su ritmo narrativo.


 


“¿Y ORA QUE VAMOS A HACER...”


Tamara representa la inocencia y la compasión que la sociedad de este tiempo ha perdido por el egoísmo cotidiano de competir sin pensar en el daño que podemos ocasionar pasando por encima de los menos capaces. Doña Meche representa la razón y empatía que se ocultan en una coraza engrosada por los problemas y forma de enfrentar los golpes de la vida que nunca serán lo suficientemente fuertes como para transformarla en una mujer que no sienta dolor al ver a otra mujer que necesita ayuda; y más cuando resulta una buena persona que actúa por instinto sin ningún tipo de maldad que fue el motivo por el que Tamara se lleva a la bebé a la que llama Catarina.  De forma escalada, ambas mujeres asumen un papel protector en principio hacia la bebé pero luego entre ellas dando lo mejor que pueden la una a la otra, cuidándose entre ellas por instinto femenino de compasión y empatía de género; por evadir también la soledad en la que estaban para formar momentáneamente una pequeña y frágil familia que dependía de regresar a Catarina a sus padres.



“YO YA SE CAMBIARLE LOS PAÑALES”


Es de resaltar el trabajo interpretativo de Ángeles Cruz en el papel de Tamara porque evita en todo momento caer en lugares comunes y clisés al interpretar a una mujer con deficiencia mental. El trabajo de cuerpo así como de la actuación sin diálogos es perfecto y solo se supera en los diálogos – de la misma Carreras – donde se rompe el mundo en que sólo ella y Catarina viven. Los momentos de dolor que avecinan nuevamente el vacío de la soledad se transmiten crudos al espectador donde la impotencia de los dos personajes importantes en la vida de Tamara, que son su hermano y Doña Meche, es igualmente desgarradora para el público que se solidarizó con Tamara de forma casi instantánea.


 


Lo mismo ocurre con la actriz Angelina Peláez que hace de Doña Meche un personaje entrañable y admirable no solo por la empatía que muestra hacia Tamara y el cuidado que desborda en ella al prácticamente adoptarla tal como la joven hizo con la bebé. Inconscientemente Doña Meche forma una familia y asume una responsabilidad para llenar el vacío de no tener a sus hijos con ella por proceso natural de vida.  Pero esto no es un cuento de hadas y Carrera no nos permite olvidar en ningún momento al mostrar la cruda realidad en la que viven miles de personas en este país con respecto a los huecos de sus vidas y desde luego del problema de la desaparición y abandono de infantes.

Aquí es donde la película pierde la fuerza que lleva al no profundizar en este tema de los niños abandonados o robados donde los padres se topan con una burocracia igual de aterradora que el hecho de perder a sus hijos. Por momentos es hasta “chabacana” la presentación del problema de las autoridades con respecto a la forma en la que se trata el tema de la desaparición infantil cayendo en los excesos momentáneos de Oliver Twist de los albergues infantiles. Esto es una irregularidad narrativa que tiene la película pero que por fortuna es menor a lo brillante que resulta al tocar el tema de las dos mujeres y la bebé.


Por cierto, la bebé es sencillamente adorable. Se roba la pantalla tan pronto aparece.


“YO SÉ MI´JA... YO SÉ”


En resumen: TAMARA Y LA CATARINA es una película imperdible que nos permite asomarnos dentro de nosotros mismos para encontrar los sentimientos de empatía y solidaridad como única herramienta contra el vacío en el que lenta e inexorablemente la sociedad nos está llevando. Ver en pantalla el trabajo de Lucia Carreras nos hace reflexionar acerca de la familia como último bastión de lucha social ante un estado que necesita que la gente se sienta abandonada para cubrir de forma artificial y a conveniencia de los que ejercen el poder los huecos que ellos mismos generan. Una película con la ternura natural y la crudeza necesaria para hacernos sentir vulnerables ante el abandono pero con la esperanza que al final siempre habrá un alma que nos acompañará en los momentos más difíciles.



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