Capitán fantástico: Emotivo y divertido homenaje a la libertad

POR: ULISES CASTAÑEDA

29-12-2016 01:45:03


No me queda duda que Capitán fantástico, nuevo filme de Matt Ross (28 Hotel Rooms, 2012), es la película que más corazón tiene este año y, más aún, entra en lo mejor de las últimas décadas. No se trata de un filme que tome los clichés de géneros como el chick flick o el melodrama para mover los sentimientos sólo por unos minutos, aquellos que sacan la lágrima fácil y emocionan con fórmulas.



En Capitán fantástico, el espectador quedará trastocado, conmovido, emocionado y alegre por la cantidad de reflexiones que el realizador plantea, con ingenio y creatividad, a partir de un interesante ejercicio —casi surrealista— de rendir homenaje a las personas con espíritu libre y a la lealtad a los seres amados.



En este caso tenemos a Ben (Viggo Mortensen), quien es un hombre que ha pasado diez años viviendo en los remotos bosques criando a sus seis hijos. Los niños han sido educados para desarrollar pasión al intelecto, a la lectura y han desarrollado un sentido de supervivencia casi animal. Su educación no ha sido empañada por el capitalismo o la mercadotecnia, pero conocen ambos fenómenos; su vida no ha sido manchada por las religiones o las ideologías, pero saben bien qué son cada una de ellas; su vida no ha sido viciada por la sociedad, pero no saben si están preparados para entrar en ella.



La muerte de su esposa hace que Ben y su peculiar familia deban abandonar su modo de vida en la naturaleza y emprender un viaje para conocer la civilización. La motivación es darle el último adiós a la madre y cumplir su último deseo; pero asimilar su nueva situación y adaptarse a la sociedad moderna no les va a resultar nada sencillo.



No se trata de una película que tenga la ambición de romper con las normas narrativas, ni tampoco pretende ofrecer una historia aleccionadora o moral, sino plantear de una forma divertida y entrañable la posibilidad de materialización de todos aquellos soñadores e idealistas que sienten que no encajan en este mundo tan materialista. Y así, al mismo tiempo que vuelve palpable la utopía de crear una forma de vida alejada de las perversiones sociales, en cada uno de los niños se plantea y cuestiona la realidad de esa utopía y si vale la pena mantenerla.



Los personajes resultan encantadores. Cada uno tiene su momento exquisito. Cada uno brilla con luz propia y, sin embargo, aquel que tiene la mayor carga dramática es Viggo Mortensen, ese viejo lobo, que lo mismo encaja en una superproducción como El Señor de los Anillos o se mete a la mente perversa de Cronenberg, que en una película histórica argentina o en esta joya de Matt Ross en la que da vida a un humano que se exaspera y da señales de hombre arrogante, que sabe que ha logrado algo casi imposible con su familia, pero al mismo tiempo es amoroso y cálido. Su actuación es como la vida que llevan los personajes: la del instinto protector, casi animal, pero con la inteligencia y cordura del hombre más civilizado del mundo. Uno de los papeles más importantes de su carrera.




La cinta ofrece momento inolvidables gracias a la habilidad de Ross de mantener los pies en la tierra y no explotar de más los matices que hacen que la película tenga un tono de satisfacción y de descubrimiento, casi como cuando un niño se sorprende de un acto de magia. La película es mágica por su frescura, por su sinceridad y sencillez. Eso nos recuerda el amplio valor que tiene el guión del mismo Ross; el filme es simplemente algo esperanzador en un medio que sigue siendo dominado por los bluckbusters.



Factor aparte, el sentido del humor es sensacional y espontáneo. Parece ser una película que lleva en su espíritu inocente la madurez de una película que sabe llegar a tocar los corazones. No sólo es una película que entretiene, es mucho más compleja y así como plantea una historia idealizada, se queda en la cabeza con una serie de moralejas que no se limitan a los vínculos familiares, sino que trascienden en el sentido de lo que puede ser posible y que está en nuestras manos hacer.



Además de tener una entusiasmada colección de hermosos instantes, el filme también tiene un equilibrado manejo de la edición y una fotografía que no ambiciona en lo estético, pero que funciona muy bien para enriquecer la naturalidad de la historia. La música luce porque llega en el momento justo, no hay nada forzado ni artificial; de hecho hay una versión de “Sweet child o’mine”, de Guns N’Roses, que les hará explotar el corazón.



Una de las mejores películas del año y una muestra más de que mucho del cine que más trasciende en estos tiempos se encuentra en la escena independiente. Seguro la pasarán increíble.



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